martes

en las mandíbulas desencajadas asomaban las lenguas

Hace unos días que vengo con ganas de transcribir estas páginas. Hoy me saco las ganas, además me parece apropiado considerando las fiestas paganas que se aproximan.

Fragmento del cuento "El siguiente en la fila" de Ray Bradbury, publicado en "El país de octubre"

Cincuenta y uno, ciencuenta y dos, cincuenta y tres. 
   Marie contó desde el centro del corredor largo; había muertos apoyados en todos los muros.
   Los muertos gritaban.
   Parecía como si hubiersen saltado, saliendo muy tiesos de las tumbas, apretándose con las manos los pechos encogidos, y gritaban ahora, y en las mandíbulas desencajadas asomaban las lenguas.
   Y así habían quedado para siempre.
   Todos tenían las bocas abiertas. Era un grito que no cesaba nunca. Estaban muertos y lo sabían.
   Marie escuchó un rato los gritos.
   Dicen que los perros oyen sonidos que los humanos no oyen nunca, de muchos decibeles por encima de los sonidos normales.
   Había muchos gritos en el corredor. Gritos que salían de unas bocas abiertas por el miedo, y de unas lenguas secas, gritos que nadie oía porque eran demasiado altos.
   Joseph se acercó a uno de los cuerpos en pie.
   - Diga "ah" -dijo.
   Sesenta y cinco, sesenta y seis, sesenta y siete, contó Marie, entre los gritos de los muertos.
   -Aquí hay uno interesante -dijo el propietario.
   Vieron a una mujer con los brazos levantados, la boca abierta, los dientes intactos, el pelo desordenado y florecido, largo y brillante. Los ojos eran unos huevitos celestes en el cráneo.
   -Pasa a veces. Esta mujer, es una cataléptica. Un día cae al suelo, pero no está muerta de veras, pues muy adentro el pequeño tambor del corazón golpea tan débil que nadie lo oye. De modo que la enterraron en el cementerio en un hermoso cajón...
   -¿No sabían que era cataléptica?
   -Las hermanas lo sabían. Pero pensaron que esta vez había muerto al fin. Y en este pueblo caluroso los funerales son siempre breves.
   -¿La enterraron pocas horas después?
   -Sí, lo mismo. Todo esto, tal como la ven, no se hubiera sbaido nunca si las hermanas no se hubieran negado a pagar la renta, un año más tarde. Necesitaban el dinero para otras cosas. De modo que cavaron con cuidado y llevamos arriba el ataúd y sacamos la tapa y la pusimos a un lado y miramos...
   Marie clavó los ojos.
   Esta mujer había despertado bajo la tierra. Había clavado las uñas en la tapa, había gritado, golpeando con los puños, y había muerto sofocada, en esta actitud, con las manos sobre la cara jadeante, los ojos horrorizados, despeinada.
   Note, señor, la diferencia entre las manos de esta mujer y las otras -dijo el encargado-. Los dedos de los otros se apoya pacíficamente en las caderas, tranquilos, como rositas. ¿Los de esta mujer? Ah, levantados, retorcidos, como si golpearan queriendo levantar la tapa.
   -¿No puede ser la cuasa el rigor mortis?
   -Créame, señor, el rigor mortis no golpea tapas. El rigor mortis no grita de este modo, no se retuerce ni trata de arrancar clavos, señor, ni aparta tablas buscando que aire. Todos los otros tienen la boca abierta, sí, porque no se les inyectó el fluido para embalsamarlos; gritan, pero es sólo un grito de los músculos. Esta señorita, en cambio, ha tenido una muerte horrible.



   Marie caminó, arrastrando los pies, volviéndose primero a este lado, y luego a otro. Cuerpos desnudos. Las ropas se habían desvanecido mucho tiempo antes. Los pechos de la mujer gorda eran bollos de levadura reseca, abandonados en el polvo. Las ingles del hombre eran orquídeas sumidas y marchitas.
   -El señor Mueca y el señor Bostezo -dijo Josheph.
   Apuntó la cámara a dos hombres que parecían estar conversando: las bocas en medio de una frase, las manos gesticulantes y duras en una charla desaparecida hacía tiempo.
   Joseph disparó el obturador, movió la película, enfocó la cámara a otro cuerpo, disparó el obturador, movió la película, se volvió hacia otro cuerpo.
   Ochenta y uno, ochenta y dos, ochenta y tres. Mandíbulas caídas, lenguas que asoman como lenguas de niños burlones, ojos de color castaño pálido en órbitas secas, cabellos encerados y endurecidos por la luz del sol, afilados como púas, clavados entre los labios, las mejillas, los párpados, la frente. Pequeñas barbas en los mentones y los pechos y los vientres. Carne como parches de tambor y manuscritos y masa de pan encrespada. Las mujeres, deformadas figuras de sebo, fundidas en la muerte, de cabellos disparatados, como nidos hechos, deshechos y rehechos. Los dientes, todos sanos, todos hermosos, todos perfectos, en las mandíbulas. Ochenta y seis, ochenta y siete ochenta y ocho. Los ojos de Marie se movieron rápidamente. A lo largo del corredor, revoloteando. Contando, apresurándose, no deteniéndose nunca. ¡Adelante! ¡Rápido! ¡Noventa y uno, noventa y dos, noventa y tres! Ahí un hombre, el estómago abierto, como un árbol hueco donde se dejan las cartas de amor cuando uno tiene once años- Los ojos de Marie entraron en el espacio abierto bajo las costillas. Marie espió. La espina dorsal, los huesos de la pelvis. El resto era tendones, pergamino, hueso, ojo, mandíbula, barbada, oreja, nariz tapada. Y el ombligo carcomido, como el molde de un budín. ¡Noventa y siete, noventa y ocho!


Transcripción realizada en cercana compañía de la gata Lili. No revisado.

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