martes

Por una de esas razones (que de razón no tienen nada) me encontraba en pleno centro porteño. Creo que por primera vez sabía bien en donde estaba parada, así que voy a dar el dato porque me siento orgullosa de mis conocimientos, estaba paradita en la esquina de Corrientes y Uruguay. Por allí trabaja un amigo, debía esperar a que termine su jornada laboral para luego trasladarnos a un lugar que queda muy (muy) lejos de mi casa.
En la esquina también estaba la mujer/novia/madre de su futuro hijo. Era temprano así que decidimos ir a comer algo.
Comer algo en Corrientes.
Vaya hazaña.
Si los precios no estaban en dólares estaban en euros, y nosotras con $10 para gastar. Oh, un oasis en donde venden sanguches. Venían debidamente envasados y estaban en la heladera. Parecía confiable.
- Disculpame, acá dice que este sanguche tiene pollo, tomate y lechuga.
- Sí.
- ¿Los bichitos que están adentro me los cobrás aparte?
Finalmente nos metimos en uno de esos kioscos con mesitas de Arcor ¿vieron? Se acerca la chica que vende cigarrillos, hace café y te trae la comida:
- Yo quiero una porción de tarta.
- No hay.
- Una jardinera.
- Mmmm... tampoco.
- ¿Empanadas?
- No, no me quedan. Mirá, tenemos lo que hay en esa heladera.
Heladera: una torta color blanco amarillento y algo con mucha mayonesa.
- Traenos dos tostados.
- ¿Arabe o miga?
- Arabe.
(Al rato)
- No tengo árabe.
- Traenos lo que quieras.

Con el estómago pidiendo explicaciones empezamos a caminar. Rumbo: el obelisco.
¡Hay que ir al obelisco! Es una cosa maravillosa:
- Una señora hacía posar a su hijo de cuatro años para la foto, el nene lloraba y ella seguramente esperaba ese momento en que el llanto parece risa para apretar el disparador.
- Artesanos, los artesanos de obelisco son algo así como la élite artesanil. Están rodeados de mujeres hermosas y usan lentes de colores.
- Si una utiliza su imaginación puede jugar a ser famosa. Hay al menos cinco personas con filmadora y casi ni te escuchan el "sin comentarios" que decís cuando pasás por al lado.

Mi compañera de aventuras me propone tomar sol. Ahí, en medio de la 9 de julio. Me agarró como un pánico escénico. Luego recordé que es Capital Federal y nadie te da pelota. Nos subimos a la lomita, enfrentamos la avenida y justo justo cuando me iba a sentar sopló el viento (dulce del oeste). La ráfaga golpeó mis rodillas, al chocar contra ellas cambió de dirección y comenzó a ascender rodeando mis piernas, se arremolinó y me levantó la pollera hasta la nuca. Poco me sorprendió, esas cosas siempre me suceden. Cerré los ojos, respiré profundo, enfrenté a la fila de autos que estaban parados en el semáforo con cara de "sí, eso que vieron son las alas de la toallita".

A veces me pregunto si me conviene más mi estilo marimacho del primario.
Igual voy a revisar la columna de Valeria Mazza de la Viva, seguro que tiene algún consejo sobre este tipo de situaciones.

(También tengo una historia sobre el basurero que me vio desnuda, para que se sigan riendo conmigo y no de mí)

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