jueves

El sanguche de queso al mediodía, los dientes que encuentran arena y los dedos salados.
Me gusta el viento que se levanta al atardecer. Me gusta el frío sobre la piel pegajosa de sal. El pareo húmedo, el mate tibio y el paquete de galletitas por la mitad.
La caminata al anochecer, las compras descalza y llena de arena, la Pilsen en un bar con mesas de madera y bancos de tronco y, finalmente, el dolor de la espalda quemada contra el colchón.
El raid a la madrugada, el baño del camping mojado a la mañana y el humo de los asados ajenos a la noche. Ese humo que entra por la nariz y se aloja en el estómago para recordarme que hoy comemos, otra vez, arroz.

Porque hoy es un día muy así: de escuchar candombe, mirar por la ventana y planear por enésima vez las vacaciones.

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